dilluns, 21 de setembre del 2009

Romeo y Julieta

Tenía un colega que tenía un loro. Un loro precioso, rojo azul y amarillo, al que quería un montón. Recuerdo que estaba siempre la puerta de la terraza abierta para que entrara el fresco y el puto bicho no se escapaba, signo de que él también era feliz en ese amplio piso de la calle Joan Güell. Sí, se dejaba tocar, coger y acariciar, en señal de respeto y afecto por su amo. Como curiosidad diré que en la pared había colgada una pintura de una palmera, y el jodío, creyendo que era de verdad, siempre dándose de cabezazos contra ella.
Supongo que el instinto siempre es el instinto.
Del instinto precisamente quiero hablar.
Un día, el loro cambió. Ya no se dejaba coger, se mostraba agresivo, perdió el apetito, todo el cariño que parecía sentir por mi amigo desapareció de repente.
No es difícil averiguar lo que le pasaba, el pobre estaba en celo. Con eso no hay tutía, es algo inevitable.
Evidentemente, el loro tenía derecho a ser feliz, no? Pues hala, a la tienda de animales a comprarle una hembra con la cual poder despacharse a gusto.
Y ya tenemos a nuestra parejita feliz! Sí, he aquí a nuestros Romeo y Julieta del siglo XX, dos seres que se amaban por encima de todas las cosas, cuyo universo sólo gira en torno a ellos dos. Es que todos no nos hemos sentido así alguna vez? Por qué colocar el amor animal por debajo del humano? Se querían con locura, y hubieran sido fieles el uno al otro durante el resto de sus vidas.
De hecho lo fueron.
Algo fue mal, el instinto del cual hablaba antes daba problemas. Ella no dejaba que mi amigo se acercase a su pareja, y es que pongámonos en su lugar: Si ese gigante sin plumas ni pico ataviado de tan extraña manera quiere coger a mi amor, no puede ser para nada bueno, seguro que quiere hacerle daño. No puedo permitirlo.
Así, resultaba imposible coger a Romeo y mucho menos acariciarle sin llevarse un buen picotazo. (Os ha mordido alguna vez un loro? Duele, creedme).
La situación se volvió insostenible, apenas podían darles de comer sin que Julieta respondiera con violencia. Mi amigo echaba en falta la complicidad que había antaño entre él y su mascota, que yo sólo presencié en fotos, pero que cuya ternura aún me sobrecoge hoy en día.
La decisión: No fue difícil, devolveríamos a Julieta a la tienda de animales de donde salió, confiando en que Romeo la olvidara pronto.
CRASO ERROR!!!! Los loros no son sólo una de las especies animales más inteligentes que existen (pueden memorizar y vocalizar vocablos humanos, como sabéis), también son monógamos, como las ballenas!! Lo que hizo mi amigo al devolverla fue algo no sólo cruel, sino antinatural, es como si alguien coge unas tijeras de podar y me la corta.
Romeo no permitiría que nada interfiriera en su amor, y la misma noche en que su amada le fue arrebatada se subió a la barandilla del balcón, miró al horizonte, y fue a buscarla.
Fin. No hay nada más que contar, el amor acabó con nuestra pareja. Romeo murió de hambre, de frío, o quizá fue devorado por un gato. Y aún en el caso de que alguien se apiadara de él y lo llevase a su casa, la pena le hubiera matado igual, como sin duda también pasó con Julieta. En Shakespeare fueron necesarias una copa de veneno y una daga, aquí lo que sentían nuestros protagonistas era tan fuerte, tan necesario para su existencia que su sola ausencia les mató.
Al escribir esta historia no pensaba en ponerle moraleja, de hecho cada uno puede sacar la conclusión que más le guste, la mía sería ésta:
Si no haces caso de lo que te dice tu corazón a lo mejor sobrevives, pero te convertirás en una cáscara vacía que irá consumiéndose poco a poco, tienes que ser fiel a ti mismo y no dejarte vencer por las adversidades.
NOTA: Algunos nombres han sido cambiados para preservar la intimidad de los seres implicados.

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